Dejar subir a uno… y acabar con media familia en el apartamento
Primero que nada, contexto:
Recuerdo una vez trabajando en un complejo de mala muerte en Puerto Rico (los que son de Gran Canaria saben perfectamente de cuál hablo sin decirlo ????). El típico complejo de apartamentos donde perfectamente podría vivir un fantasma… o varios, junto con dos o tres generaciones de cucarachas bien organizadas.
Un sitio donde una noche podía costar 30€… o 30€ y dos cáscaras de naranja, dependiendo de la temporada.
Yo trabajaba ahí de recepcionista de 7 a 7. Básicamente vivía más en ese sitio que en mi propia casa.
(Dato importante: las visitas no estaban permitidas. Spoiler: esto a nadie le importaba).
Recuerdo volver de mis días libres, todavía desubicada, intentando enterarme de qué había pasado mientras yo no estaba. Salgo a la entrada del complejo, donde se ven los balcones y la piscina… y veo a un matao lleno de tatuajes gritando a una niña que estaba en la piscina como si estuviera llamando a su perro.
Me habían comentado que había entrado una señora con su hija y su nieta, y que estaban dando algo de guerra… pero no me imaginaba ESTE nivel de espectáculo.
Al rato aparece otra señora (que claramente no era huésped) diciendo que venía a buscar a la niña para llevarla a la playa. Me pide si puede subir a buscarla.
Le digo que no, que lo siento, que las visitas no están permitidas.
Me insiste.
Me insiste más.
Me insiste nivel “te voy a desgastar psicológicamente”.
Y yo… caigo.
La dejo subir. Baja rápido. Error número uno.
Horas después… vuelve.
Pero no vuelve sola.
Vuelve con otra niña y dos “niños”… y pongo “niños” entre comillas porque tenían más pelo en el pecho que Santiago Segura en la cabeza.
Me dice si pueden subir todos a acompañar a la niña.
Le digo: “vale, pero solo uno”.
Claro… entre que uno sube, otro “solo saluda”, otro “tiene que ir al baño”… acaban subiendo TODOS.
Yo confiando, porque antes habían bajado rápido.
JA.
Esta vez pasan más de 30 minutos.
Cuando ya estoy a punto de subir a echarlos, aparece una chica con su novio (sorpresa: el mismo del balcón gritando antes), cargados de bolsas como si vinieran de hacer la compra del mes.
Le pregunto el número de habitación → me da uno random.
Le pregunto otra vez → empieza a dudar.
Le tiro un poco del hilo → confiesa:
“No soy huésped, pero mi madre sí, vengo a llevarle la compra”.
Le explico tranquilamente que no puede subir, que ya hay demasiada gente arriba y que las visitas no están permitidas.
Solución lógica: que bajen a recoger las bolsas.
Solución de ella:
Se pone chula
Empieza a decirme que no, que ella sube, que no vino de jimanar (como no jinamar…) a traerle la compra a su madre para nada…
“Subo porque me da la gana”.
Y sube.
Gritándome.
Hablándome fatal.
Y ya de paso amenazándome con pegarme cuando saliera del trabajo… como si esto fuera el instituto y estuviéramos en escalerita.
Yo respiro.
Lo dejo pasar.
Porque sinceramente, no me daba la vida para ese circo.
Pero a los 15 minutos subo.
Llamadas → no contestan.
Más llamadas → tampoco.
Subo (dato importante: mido lo mismo que un tapón de piscina, no intimido absolutamente nada).
Llego… y no quieren bajar.
Riéndose en mi cara.
Y en ese momento entendí dos cosas:
Que la normativa de “no visitas” era más decorativa que útil.
Y que yo no estaba trabajando en un complejo… estaba trabajando en un reality show sin cobrar derechos de emisión.
Así que respiré hondo, saqué mi mejor cara de “hasta aquí hemos llegado”…
Y dije la frase mágica:
“Bajáis ahora o llamo a la policía”.
De repente… milagro.
Ni fantasmas, ni cucarachas, ni pelo en el pecho.
Todo el mundo entendió perfectamente el idioma.
En menos de dos minutos, el apartamento quedó más vacío que mi paciencia.
Moraleja:
En recepción aprendes idiomas, gestión de conflictos… y también descubres que la gente solo respeta las normas cuando escucha la palabra “policía”.
Y que, efectivamente, hay trabajos donde no te pagan lo suficiente…
pero al menos te llevas historias que no te cree nadie ????
¿Qué te ha parecido?